Lo que a nuestra época en general se le aparece aún como "sombra" y como condición inferior de la psiquis humana no contiene, sin embargo, exclusivamente, elementos negativos. El mismo hecho de que por el conocimiento de sí mismo, esto es, por la exploración de la propia alma, se da con los instintos y su mundo de imágenes podría arrojar luz sobre las fuerzas latentes del alma, las cuales se perciben rara vez, es verdad, mientras todo vaya bien. Se trata de posibilidades de máxima potencialidad dinámica, y sólo de la preparación y postura de la conciencia depende el que la irrupción de tales fuerzas y de las correspondientes imágenes y nociones tenga lugar por cauces constructivos o destructivos.
El médico parece ser el único que sabe por experiencia la precaria que es la preparación psíquica del hombre actual, por ser también el único que se ve obligado a buscar en la naturaleza del individuo las fuerzas y representaciones que desde siempre a éste le han permitido encontrar la senda justa en medio de la oscuridad y el peligro.
Para esta labor, que requiere ante todo paciencia, no puede él remitirse a ningún "se debiera" tradicional de esos con que uno deja el esfuerzo a los demás y se contenta con el cómodo papel de exhortador. Todo el mundo sabe la inutilidad de la prédica de lo que debiera hacerse, pero es tan grande el desconcierto, y tan dura la demanda, que se prefiere repetir el mismo error de siempre, antes que devanarse los sesos reflexionando sobre un problema subjetivo. Además, en cada caso, se trata de un solo individuo, y no de cien mil, que ésos sí valdrían la pena, y eso que se sabe que si cambia el individuo no hay nada.
El apetecido efecto sobre todos los individuos ni aun en cientos de años
puede producirse, pues la transformación espiritual de la humanidad se opera casi imperceptiblemente, al paso lento de los milenios, y no puede ser ni acelerada ni detenida por procesos de consideración racional, ni menos llevada a cabo en el lapso de una generación. Lo que sí está a nuestro alcance es transformar a algunos que tengan o se procuren oportunidad de influir, dentro del círculo de su gravitación personal, sobre otros de conciencia afín. No me refiero a persuasión ni a predicación, sino al hecho empírico de que quien haya alcanzado a comprender su propio desenvolvimiento interior y, así, a dar con un acceso al inconsciente ' ejerce, sin proponérselo, un influjo sobre cuantos tienen trato con él. La profundización y el ensanchamiento de la conciencia producen el efecto que los primitivos denominan "mana". Se trata de un influjo involuntario sobre el inconsciente ajeno, algo así como un prestigio inconsciente, el cual sólo es operante, es verdad, mientras no venga a interferir con él la intención. El esfuerzo tendiente al conocimiento de sí mismo vale la pena, por otra parte, porque existe un factor hasta ahora totalmente pasado por alto que es propicio al logro de nuestro propósito: el espíritu inconsciente de la época, el
cual compensa la postura de la conciencia y anticipa intuitivamente los cambios venideros. Un ejemplo ilustrativo al respecto es el arte moderno, el cual bajo apariencia de problema estético va cumpliendo un trabajo de educación psicológica del público, que consiste en disolver y destruir la concepción estética tradicional, los conceptos de belleza formal y representación plena de sentido. Al efecto gratamente estético de la obra artística se substituyen frías abstracciones de máxima subjetividad que le dan con la puerta en las narices a la ingenua y romántica fiesta de los sentidos con su amor al objeto. Con ello, pregónase a los cuatro vientos que el espíritu
profético del arte se ha apartado de la tradicional preferencia por el objeto y se ha abrazado al hoy por hoy oscuro caos de supuestos subjetivos. Hasta ahora, es verdad, a juzgar por lo que es dable apreciar, el arte no ha descubierto bajo el manto de la oscuridad lo que pudiera servir de lazo de unión entre todos los hombres y dar expresión a su totalidad psíquica. Como para tal fin parece ser indispensable la reflexión, bien podría ser que estos descubrimientos estuvieran reservados a otros campos de la experiencia.
Hasta ahora, el arte elevado siempre ha extraído su fecundación del mito, esto es, de ese proceso inconsciente de elaboración de símbolos que se prolonga durante eones y que, como manifestación primaria del espíritu humano que es, será también la raíz de toda creación futura. La evolución del arte moderno, con su tendencia aparentemente nihilista a la desintegración, debe ser entendida como síntoma y símbolo de la atmósfera de fin del mundo y de renovación que caracteriza a nuestra época; atmósfera que se pone de
manifiesto en todas partes, en el terreno político, el social y el filosófico.
Vivimos en el kairos de la "metamorfosis de los dioses", esto es, de los
principios y símbolos fundamentales. Esta tendencia de nuestra época, que nosotros por cierto no hemos elegido conscientemente, es expresión de la transformación que se opera en la interioridad y el inconsciente del hombre.
De esta transformación grávida de consecuencias deberán tener conciencia las generaciones venideras si la humanidad ha de salvarse de la autoaniquilación
por el poder de su técnica y su ciencia.
Como al comienzo de la era cristiana, vuelve a plantearse hoy el problema del general atraso moral que contrasta penosamente con la evolución científica técnica y social de nuestra época. Es tanto lo que está en juego y tanto lo que hoy depende evidentemente de la condición psíquica del hombre. ¿Podrá él resistir la tentación de hacer uso de su poder para poner en escena el ocaso del mundo? ¿Sabe dónde va y tiene conciencia de las conclusiones que debería sacar de la situación mundial y de su propia situación psíquica? ¿Comprende que está por perder el mito vital del hombre interior que el cristianismo ha preservado para él? ¿Tiene presente lo que le espera en caso de materializarse esta catástrofe? ¿Es siquiera capaz de imaginar que sería una catástrofe? ¿Y sabe el individuo que él es el fiel de la balanza?
La felicidad y el contento, el equilibrio psíquico y el sentido de la vida, todo esto sólo está al alcance del individuo; no está al alcance del Estado, el cual por un lado no es sino una convención de individuos autónomos, y por el otro, amenaza adquirir un poder arrollador y aplastar al individuo. El médico es indudablemente de los que más saben de las condiciones del bienestar psíquico que en su multiplicación social es de tan decisiva importancia. Las circunstancias sociales y políticas ciertamente son de mucho peso, pero su significación para la felicidad o desgracia del individuo es exagerada desmedidamente al considerárselas como los únicos factores que la deciden.
Todas las aspiraciones informadas por este punto de vista adolecen de la falla de pasar por alto la psicología del hombre, que es, precisamente, a quien quieren beneficiar, y muchas veces no sirven sino para fomentar sus ilusiones.
Permítase, pues, a un médico que durante su larga vida se ha ocupado de las causas y las consecuencias de los trastornos psíquicos opinar —con toda la modestia que le impone su condición de hombre individual— acerca de las cuestiones que plantea la actual situación mundial. Verdad es que no lo hago impulsado por un gran optimismo ni inflamado por elevados ideales, sino, simplemente, preocupado por la suerte del individuo, de esa unidad infinitesimal de que depende el mundo, de ese ser individual en el cual —si captamos correctamente el sentido del mensaje cristiano— hasta Dios busca su meta.
C.G.JUNG
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